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Fe, educación y crianza · 1 de 3

Todos tenemos un lugar

Pertenencia, servicio y propósito: somos valiosos antes de desarrollar nuestras capacidades y aprendemos a usarlas para bendecir a otros.

En nuestra casa, poner la mesa, recoger la loza o hacer una cama son parte de la vida diaria, pero mientras enseñamos esas tareas también vamos hablando de algo mucho más profundo: cada uno tiene un lugar en la familia y puede usar sus capacidades para cuidar a los demás. Claro que llegar a hacerlo bien requiere tiempo, porque nadie nace sabiendo organizar los platos ni descubriendo por intuición desde dónde tirar una sábana para quitarle las arrugas. Por eso, junto con dar una responsabilidad, necesitamos enseñar, acompañar y dejar espacio para aprender; de lo contrario, estaríamos esperando un resultado sin haber mostrado el camino.

Valiosos antes de demostrar lo que podemos hacer

Esta semana, al estudiar Bereshit, conversamos precisamente sobre las capacidades que Adonai nos ha dado y sobre cómo usarlas con sabiduría. En Génesis 1:26–28, la humanidad es creada a imagen de Elohim y recibe una responsabilidad, de modo que su dignidad está presente antes de cualquier trabajo que pudiera realizar. Desde esa lectura quiero enseñar a mis hijos que sus capacidades no determinan su valor: porque ya son valiosos, las desarrollamos para que puedan usarlas con responsabilidad y bendecir a otros. Así, cuando una tarea les cuesta o necesitan más ayuda, su lugar sigue siendo el mismo, pues el amor que reciben no depende de cuántos platos hayan lavado ni de lo estirada que haya quedado la cama.

Esta comprensión también nos ayuda a mirar el servicio con otros ojos, especialmente cuando leemos Juan 13:1–17 y vemos a Yeshúa lavando los pies de sus discípulos. Él, siendo su Maestro y Señor, realiza una tarea humilde y después les explica que les ha dado ejemplo para que también ellos se sirvan unos a otros; al considerar el pasaje completo, vemos cómo su amor se expresa en una acción concreta y cómo su autoridad va acompañada de esa disposición a cuidar. Por eso deseo que mis hijos reconozcan la dignidad de los trabajos cotidianos y comprendan que limpiar, preparar o ayudar pueden ser maneras de amar, algo que también necesitan ver en nosotros mientras los acompañamos.

Un lugar y una responsabilidad que podamos aprender

En casa, esto comienza con algo tan práctico como dividir el trabajo de la loza en tareas pequeñas y observar cuál puede hacer cada hijo. Tal vez uno esté preparado para recoger y organizar, mientras el otro ya puede lavar; a partir de allí enseño cada paso y explico para qué sirve, porque comprender que gracias a su ayuda tendremos platos limpios o una mesa despejada le da sentido al esfuerzo. Durante ese proceso hay explicaciones que repetimos, detalles que corregimos y muchas ocasiones para agradecer, hasta que llega un momento muy esperado: ¡el ascenso! Sí, en nuestra casa también hay ascensos, aunque por ahora el nuevo puesto venga con una esponja o con la responsabilidad de guardar los platos.

Lo celebramos porque ha aprendido y está preparado para un desafío nuevo, dejando que primero disfrute de lo bien que ya hace su trabajo. De esa manera, la disciplina y la diligencia van creciendo junto con la confianza, mientras cada hijo participa según su edad y sus capacidades. Además, cuando uno avanza, el siguiente puede aprender la tarea que deja, así que el trabajo se va compartiendo y todos encuentran una forma de contribuir. Con el tiempo, incluso pueden descubrir sus propias maneras de colaborar, como ocurrió cuando mis hijos concluyeron que hacer las camas de a dos era más fácil y empezaron a hacer juntos una y después la otra. ¡La organización familiar también recibe sus mejoras de parte de los niños!

Manos de un niño pelando una papa a la que ha hecho una cara
Ayudar a preparar la comida también puede incluir hacerles caras a las papas. Cada uno aporta su trabajo… ¡y su creatividad! Durante las tareas también podemos convertir lo que hacemos en un juego o en un momento agradable.

Aprender a ver las necesidades del otro

Ahora bien, asumir una responsabilidad también puede convivir con recibir ayuda, y en nuestra casa sucede de muchas maneras: hay días en que están cansados y yo les hago la cama, otros en que me ven cansada y hacen la mía, y alguna visita de la abuela en que, sin que nos demos cuenta, las camas ya están hechas. Esos gestos nos permiten reconocer que el servicio incluye observar cómo está el otro y responder a su necesidad, aun cuando sabemos que puede realizar la tarea por sí mismo; a veces, ayudar es nuestra manera de decirle «no estás solo».

Un niño con el rostro cubierto por su capucha ayuda a su papá a lavar el auto
Ayudando a papá, con algunos pasos de baile entre medio. El servicio también tiene sus momentos de alegría: mientras trabajamos podemos reír, disfrutar y tener conversaciones agradables.

Para conversar sobre esto podemos leer Génesis 1:26–28 y Juan 13:1–17 en su contexto, relacionando lo que aprendemos sobre nuestra dignidad con la disposición a servir. Desde allí podemos preguntarnos qué capacidad queremos desarrollar y qué necesidad de nuestra familia podríamos atender esta semana, de modo que la reflexión encuentre una expresión concreta en el hogar. Todos tenemos un lugar y, desde ese lugar que ya nos ha sido dado, aprendemos a usar con sabiduría lo que somos capaces de hacer.

Nina · Semillas de Luz